Giorgio Reveco Barraza
He observado una tendencia bastante extendida entre los inversores, y en mí mismo en otros tiempos, a buscar patrones alcistas justo después de una caída en el precio. Esto responde a algo muy humano: cuando vemos una pérdida, el cerebro busca rápidamente una historia que nos tranquilice. En los gráficos, esa historia suele tomar la forma de “ya se ve un rebote” o “aquí empieza la recuperación”. Por eso desconfío de los gráficos de cotizaciones de acciones en los que se dibujan patrones de alza o caída con flechas como si fuesen profecías, especialmente cuando se proyectan al futuro y se presenta esa proyección como algo casi seguro. Si un gráfico sugiere que “de aquí a tres días debería subir hasta tal precio”, lo primero que me pregunto es: “¿Dónde está la evidencia de que ese patrón haya funcionado antes de manera consistente?”. Es importante entender que las flechas y los patrones no son malos en sí mismos. De hecho, pueden ser útiles como lenguaje visual para señalar zonas relevantes del gráfico. El problema aparece cuando se usan para vender predicciones fuertes sin mostrar evidencia estadística, sin indicar tasas de error y sin acompañar con simulaciones serias. En finanzas, cualquier afirmación sobre el futuro debería formularse en términos de probabilidad, nunca como certeza. Cuando veo una predicción muy precisa y muy segura basada en un dibujo sobre el gráfico, y además no se muestran datos que respalden esa seguridad, tiendo a sospechar que la calidad de la información es baja, sobre todo cuando el mensaje va exactamente en la dirección de lo que el público quiere oír: “de aquí solo sube”. Esto no significa que niegue por completo la posibilidad de encontrar estructuras o regularidades aprovechables en los precios. Existen enfoques cuantitativos que intentan responder preguntas como: “si aparece este patrón, ¿la probabilidad de que el precio suba después es ligeramente mayor que la de que baje?”. La clave está en la palabra “ligeramente” y en el trabajo estadístico que hay detrás: muestras grandes de datos, backtesting, análisis del riesgo y de los escenarios en que el patrón falla. Sin eso, un patrón no es más que un dibujo que parece tener sentido porque nuestro cerebro detesta el azar. Lo que critico es la versión superficial y comercial de esos patrones: gráficos diseñados para convencer más que para informar, que omiten la parte incómoda de la estadística y del riesgo. En muchos casos, el gráfico está construido para reforzar una narrativa previa, no para ponerla a prueba. Por eso prefiero usar los gráficos con otro enfoque: como herramienta para mirar hacia atrás y aprender de mi propia conducta. En ese sentido, los gráficos pueden ser muy valiosos para hacer análisis forense de nuestras decisiones. Frente a un movimiento fuerte del mercado, es posible volver al gráfico y hacer preguntas como: “¿Qué hice en ese momento?”, “¿Vendí en pánico?”, “¿Aumenté la posición sin una justificación clara?”, “¿Respeté mis reglas?”. Al revisar estos episodios con el gráfico delante, se puede entender mejor cómo se reaccionó ante determinadas caídas o subidas y, a partir de ahí, ajustar las reglas y procesos de inversión. Usados así, los gráficos dejan de ser una supuesta ventana al futuro y se transforman en un espejo de nuestra propia manera de decidir. No dicen lo que va a hacer el mercado, pero sí ayudan a identificar nuestros sesgos, impulsos y errores más frecuentes. Y aunque eso no garantiza ningún resultado, aumenta la probabilidad de que, cuando el mercado vuelva a sacudirse, sepamos reaccionar mejor que la vez anterior. Translate
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